Soy más de salado que de dulce, más de chocolate con leche que negro y más de magdalena que de cupcake. Pero a mi también me pasa. Hay días en los que empiezo por una onza y cojo todo el brazo, le robo las galletas del plato de café a mi vecino de mesa, mojo el fresquito en el azúcar, deseo llegar con ansia al final del cono de mi helado, meto el dedo en el bizcocho, mojo las fresas en nata y sorbo el caramelo del flan.

Como todo, si se hace con moderación, es una acción foodgásmica sin efectos secundarios. Por eso me doy homenajes esporádicos los días que me lo pide el cuerpo. Enciendo el horno y la casa empieza a oler a desayuno de campeones, sobremesa en familia o cena con final feliz. Me fascina la capacidad que tiene mi olfato de catapultar la serotonina.

Hay días en los que mi madre o mi abuela, se ponían a mezclar ingredientes, a subirse las mangas de la camisa y a transformar un par de huevos, un vaso de harina y unos cuantos chorritos de leche en un bizcocho exquisito que sólo saben hacer así ellas. Los bizcochos borrachos de zumo son de mi madre. Hace unos veranos subió de nivel y además de empaparlos con zumo, los untaba de mermelada y le hacía una cobertura de chocolate negro que arrancaba ovaciones. Al soplar las velas en los cumpleaños se le cantaba a la tarta y no al cumpleañero, miraloquetedigo.

Como no siempre tengo todo el tiempo del mundo para sumergirme en la cocina, a veces hago unos apaños fantásticos y nadie nota si he tamizado yo la harina o si la mise en place es de Dr. Oetker. Es tan apañado que el otro día preparé el coulant y las magdalenas con pepitas de chocolate (las dos cosas en 20 minutos) para llevar al cumpleaños de mi sobrino y unos cuantos me pidieron la receta. ‘Tiene truco’, les dije. Pero como los grandes chefs y las abuelas, no conté el truco ni el ingrediente secreto para mantener mi estatus de repostera dicharachera. A veces una tiene que mantener la magia aunque luego lo suelte todo por aquí. Es como aquello de Papá Noel, todos sabemos que los renos de ese abuelito no vuelan y que, como todo hijo de vecino, se pega unas caminatas desde Laponia para llegar a la Calle Alcalá que sólo le dan para pasar por tu casa una vez al año.


Lo que os digo, algunos no dejaron apenas ni el papel de las magdalenas. Así que si tenéis una jarana a la vuelta de la esquina, os apetece daros un buen chute de azúcar en vena o queréis preparar un brunch en tiempo récord y no os dan las manos para tanto follón, haceros con unas cajas de Dr. Oetker. Además ganas una (dulce) experiencia asegurada si sigues estos pasos:

-Comprar 3 productos de repostería de Dr. Oetker (no congelados) hasta el 15 de mayo de 2017 y guardar el ticket de compra.

– En www.momentoetker.es subís el ticket de compra y en unos días, recibireiss por correo electrónico el código para elegir vuestra experiencia

-Introducir ese código en la web y escoger la experiencia que más os guste: relax, en familia o deporte. ¡Sin ningún tipo de sorteos! Yo aún estoy dudando entre una manicura o una sesión de spa.
Después de lo que te he contado, si no encuentras el remedio inmediato para cuando necesitas dulce en vena, es porque no quieres. Sé como yo, prepara unas de estas y guarda la magia. Shhh.

un comensal ha hablado

  • Fernando
    13 abril 2017

    Hola, Marta. Se me hace la boca agua viendo los dulces. A la porra el régimen😜