De primero me pusieron un spa solo, para dos, sin hielo y con muchas burbujas. Selfservice, cada uno le servía al cuerpo lo que le pedía. Y yo estuve picando entre unos chorros en la nuca, una ducha de sensaciones, un poco de jacuzzi y unos largos en la piscina. Para hacer sitio a tanto bienestar me tumbé en una de esas hamacas que te atrapan mientras me tomaba un agua fresquita con sabor a limón. No lo tengo claro, nunca he puesto el cuerpo al límite, pero creo que de bienestar una no se empacha.

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De segundo, un masaje de sesenta minutos en una pérgola al atardecer. Menudo emplatado. La brisa del mar haciéndome cosquillas en las piernas y la música en directo de dos gaviotas que optaban, con la ovación de mi respiración pausada, a ganar Operación Triunfo. Lo necesitaba. No, lo digo en serio, tengo el cuello más tieso que un lomo de mojama. Así que el segundo me pareció delicioso, me hubiese pedido dos segundos más. Sobretodo el sabor del momento en el que sentí que flotaba.

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Como postre, una cena en Asia con vistas al Mediterráneo. Ya os imagináis la combinación. Sushi, sabor a cilantro, lubina, fideos de arroz, gambas, mango y helado de coco. En lugar de pan, rebañaba el plato el sonido de las olas. A esas alturas mi cuerpo creía que había pasado un fin de semana a la sombra de un sakura, cuando en realidad tan sólo era el atardecer de un martes.

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Si queréis hacer(os) un regalo, yo lo he bautizado como menú para llevar(selo puesto): spa, masaje y Asia, pero en realidad son las Spa nights del Hotel Port Adriano.

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