Me imagino uno de esos días de calor sofocante en Madrid, con el aire acondicionado en marcha, el ventilador dando vueltas, yo saliendo de la ducha una y otra vez, y otra vez, y una vez más. En bragas por la casa, deseando arrancarme la piel por si estuviera más fresquita. Buscando las zonas del suelo en las que todavía no me he apoyado para sentir el frío de la baldosa como si fuera la punta de un iceberg.

En esa tesitura, con el móvil en la mano y donde lo único que soy capaz de refrescar es la pantalla de la información meteorológica, me entran unas ganas sobrehumanas de comerme un helado de pistacho. Me comería un helado de ceniza porque me va el foodhunter pero todavía no se ha atrevido ninguna heladería de España (que yo sepa), así que el helado de pistacho sigue siendo mi preferido.

¿Quién se va con esta solana a la calle a por un helado? Si en lo que salgo, llego a la heladería y vuelvo, ya se me ha olvidado el fresquete que había entre mi lengua y las tres bolas de helado artesano de pistacho, ni tan si quiera recordaría la sensación y el gustete de los chorretones que me caerían por la mano. Ya me imagino, mendigando sombras, pegada a la pared como si fuese una espía armada por un helado de tres bolas en lugar de una pistola.

No, no lo veo.

Cierro la información meteorológica del móvil y trasteo entre las apps con el deseo del helado en el subconsciente. Allí está, en el principio del scroll, esperándome ansioso por cumplir mis deseos: Mistura, la heladería artesana de Madrid puede traerme mi helado de pistacho a domicilio sin despeinarme. Lo va a hacer a golpe de bicicleta y además llega fresquete a la puerta de mi casa.

¿Helados artesanos a domicilio? Señores de Deliveroo esta vez os merecéis un aplauso, o dos.

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