¿Te imaginas dormir en una cama y despertar cada día en una ciudad diferente? ¿Te imaginas cenar un menú de altura navegando en la cresta de una ola? ¿Te imaginas vivir un día en Francia, otro en España y pasado en Italia? ¿Te imaginas no cambiar de cama, ni de habitación, ni arrastrar la maleta por los adoquines pero vivir una experiencia nueva cada día en un destino nuevo cada amanecer?

Suena a sueño pero a mí me pasó este verano y ojalá la semana que pasé a bordo de aquel crucero de Pullmantur por el mediterráneo fuese el día de la marmota, una y otra vez, en bucle hasta que me supiera los puntos cardinales de Nápoles, Roma, Niza, Mónaco o la Toscana entera. Ojalá saberme de memoria el paisaje que hay a cada lado del Brisas del Mediterráneo cuando pasas por el Estrecho de Bonifacio, hacerme amiga de las gaviotas, ver más delfines y probar cada uno de los platos del menú que ha creado Paco Roncero para que saboreemos mientras, en las paredes, hay cuadros en vivo de color (y olor) azul mar.

Comer

Comimos por los ojos en la pigna secca, me bailó una fantástica burrata en el paladar, probamos los mejores carbonara que he saboreado en mi vida en pleno Trastévere. Nos pusimos tibios a helados en Florencia, la Toscana y Barcelona. Compramos queso, besos y pasta. Descubrimos pizzas únicas en mercados franceses, babàs en Mónaco y sándwiches Maison de queso raclet y salame picantón en un mercado de vegetales, flores y pescado fresco. Descubrí el orzo y se acabó el no tomar café. Probamos turrón, Calisson y salsa Gruyere. Olimos el bocadillo de pollito y lampredoto espaciado y nos quedamos con las ganas de darle un muerdo en el Mercado de San Lorenzo.

Vivir

Olimos lavanda que venía de Valensol, buscamos la sardina de Marbella y aprendimos a caminar leeeeento. Buscamos formas curiosas en los balcones en Aix en Provence y desembarcamos del crucero de Pullmantur en pueblos pesqueros que bien podían estar construidos al óleo. Vimos la casa de Carolina de Mónaco y cerramos muy fuerte los ojos para imaginarnos Montecarlo como un campo interminable de olivos. Escuchamos el cañonazo de las 12 en Niza y serpenteamos por los túneles del gran queso Gruyere y del circuito y de la vía que recorre la Costa Azul. Metimos la mano esperando el trigo que salía hace muchos años de una de las paredes de la iglesia de Orsanmichele y descubrimos que los ‘fiascos’ no son desengaños sino botellas  de vino de formas curiosas.

Navegar

Navegamos de Barcelona a Nápoles, dormimos cada noche en el mediterráneo, cenamos saliendo de Civitaveccia, Livorno o Toulón. Vivimos la hora naranja cada atardecer viendo como se bañaba el sol en el mar. Soñamos en español, en francés y en italiano sobre la misma almohada. Vimos espectáculos mientras viajábamos, visitamos el casino como si fuera otro planeta y nos hicimos con nuestro propio espacio en uno de los sofás del wave, con wifi, con música de ambiente y con camareros tan majos que una vez llega el desembarque da pena no volver a ver.

Si tienes hambre viajera, te invito a que pruebes este menú.

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