Vivimos rápido. Compramos rápido. Comemos rápido. Saludamos al lunes con un adiós y llegamos al viernes 4 páginas más tarde para despedir el ansiado fin de semana dos días después y vuelta a empezar. Convertimos los días en meros trámites, como si la vida no fuera esto que estamos viviendo hoy. Como si la vida fuese aquello que nos va a tocar vivir algún día, al final de nuestras obligaciones, objetivos y tareas. Como si vivir fuese eso que pasa justo después de la lista interminable de cosas por hacer y no en el absoluto presente que estamos dejando constantemente atrás.

Somos rutinarios y no es algo que me parezca negativo siempre y cuando nuestras rutinas tengan vida donde morder. Está en nuestras manos el tiempo que tenemos para cada una de ellas y sobretodo el tiempo del que queremos disponer para romperlas y descubrir nuevos hábitos y nuevas maneras de vivir.

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Como amante de la vida slow, reconozco que muchas veces en Madrid me resulta difícil alcanzar rutinas que me permitan vivir, comer y disfrutar de manera consciente. Los planes y las listas se desmoronan para dar paso a otros planes que me pillan a contrapié y a menudo la mañana de escritura, mercado y cocina se convierte en un shooting, tres reuniones y un sándwich del Rodilla en una mano mientras contesto emails que viajarán desde el wifi de cualquier otra cafetería que me haya pillado en el camino. En cambio, soy consciente de que en Mallorca mi vida se convierte casi de manera orgánica en slow. Como lento, vivo lento y disfruto lento. La mayoría de los alimentos que consumimos son del huerto de mi madre, del corral de la vecina o de la tienda ecológica tres calles más allá.

Mi reto es poder llevar una vida slow sin que interfiera o influya mi entorno. Ser slow en mis rutinas, vivir slow desde dentro. Hay cosas que he conseguido seguir cumpliendo sin problema como es ir al Mercado de la Cebada a hablar con los tenderos, elegir productos frescos y disfrutar de cocinarlos y comerlos. Pero me he apuntado a la piscina y nado de nada. Las listas de tareas no me han dejado ir tanto como quisiera o, peor aún, no he dejado hueco para sumergirme en el agua en mis listas de cosas por hacer.

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Para poder cumplir el reto de seguir mejorando mi estilo de vida me he unido al método slow que ha lanzado Vichy. Dicen que las rutinas tardan en alcanzarse 21 días, por eso su método consiste en enviarme durante 21 días consejos para liberar mi mente, mejorar mi alimentación y renovar mi piel.

Por lo pronto hoy me he lavado la cara y me he preparado con calma un porridge con frutas y pipas de calabaza para saborearlo mientras escuchaba esta lista de spotify. Soy slow por naturaleza y me fascina disfrutar el ahora con todo su presente, por eso sé que estos 21 días de apoyo me van a ir fenomenal para volver a poner los pies en el punto en el que siempre han caminado sin tropiezos.

Y vosotras, ¿cómo lo lleváis?

2 comensales han hablado

  • 22 octubre 2016

    Buen post! Sobre todo el primer párrafo, me ha impactado!
    Me siento totalmente identificada… En Asturias no me pasaba lo que me pasa en Madrid, como a ti en Mallorca.
    Un beso guapa y a por el reto!!